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Hace un año por estas fechas saltaban todas las alarmas. El riesgo de recesión mundial parecía cercano. El desplome del petróleo y varios datos macroeconómicos malos en China inocularon el miedo. El largo ciclo alcista para el crecimiento de EE UU parecía próximo a su fin. Los mercados, siempre tan sensibles, descontaron rápidamente la inevitable catástrofe. Por si este pésimo arranque no fuera poco, 2016 tuvo que cargar a sus espaldas con varios cisnes negros geopolíticos (Brexit, Donald Trump, el terrorismo o la crisis de refugiados).
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Y al final… Pues al final los fantasmas se difuminaron y tuvimos un ejercicio muy parecido a los cursos precedentes: crecimientos por debajo de la media histórica pero ni rastro de recesión (salvo en algunos países emergentes), precios deprimidos, aumento de la brecha en el reparto de la riqueza y economías sostenidas por la máquina de hacer dinero de los bancos centrales.
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Hoy finaliza este año tan volátil y la bola de cristal de bancos de inversión, gestoras de fondos y casas de Bolsa vislumbra un 2017 con numerosos obstáculos, pero, en general, de mayor crecimiento. El consenso del mercado augura una aceleración del PIB mundial. Se habla de un repunte del 3,4% frente al 3,1% de 2016. Eso sí, el nuevo ejercicio parece traer bajo el brazo un cambio en el paradigma económico que surgió de las cenizas de la Gran Recesión. “2017 está emparentado con el largo ciclo económico que ya vimos en 2016 y años anteriores. La diferencia clave está en los movimientos de transición que empiezan a tomar cuerpo.
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El populismo amenaza a la globalización; las preocupaciones acerca del bajo crecimiento dejan paso a los temores inflacionistas; el eje del crecimiento se desplaza poco a poco desde los estímulos monetarios de los bancos centrales a las políticas fiscales de los gobiernos; y la fiebre normativa abre paso a movimientos de desregulación”, argumentan desde Goldman Sachs Asset Management.
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Si se cumplen los pronósticos, EE UU será quien más contribuya a la aceleración de la actividad global. Trump tomará posesión como presidente el próximo 20 de enero. Sus promesas electorales —bajadas de impuestos y aumento del gasto público— podrían llevar a la economía americana a crecer a un ritmo superior al 2,2% en 2017. “Paradójicamente, la elección de Trump es un factor positivo a corto plazo. Mejora las perspectivas de crecimiento y empleo, aunque a costa de algo más de inflación. Como contrapartida, eleva el riesgo de desequilibrios [déficit fiscal y deuda pública] en el medio y largo plazo”, destaca Bankinter en su informe de estrategia.
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Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, la jerarquía de las prioridades económicas ha sido relativamente clara. Por sobre todo estaba la creación de una economía global impulsada por el mercado que fuera abierta, innovadora y dinámica, en la que todos los países puedan (en principio) prosperar y crecer. En segundo lugar -hasta se podría decir en un segundo puesto distante- estaba la generación de patrones de crecimiento nacional vigorosos, sustentables e inclusivos. Nada más.
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una inversión de las prioridades parece estar en marcha. Lograr un crecimiento fuerte e inclusivo a nivel nacional para reanimar a una clase media que se desmorona, fomentar los ingresos estancados y recortar el alto desempleo juvenil hoy está cobrando precedencia. Los acuerdos internacionales de beneficio mutuo que rigen los flujos de mercancías, capital, tecnología y personas (los cuatro flujos esenciales en la economía global) son apropiados sólo cuando refuerzan -o, al menos, no minan- el progreso para cumplir con la más alta prioridad.
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Esta inversión se volvió evidente en junio, cuando los británicos -inclusive aquellos que se benefician significativamente del sistema económico y financiero abierto de hoy- votaron a favor de abandonar la Unión Europea, en base a lo que podría llamarse el principio de soberanía. La percepción fue que las instituciones de la UE estaban minando la capacidad de Gran Bretaña de impulsar su propia economía, regular la inmigración y controlar su destino.
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Una visión similar ha animado los movimientos políticos nacionalistas y populistas en toda Europa, muchos de los cuales creen que los acuerdos supranacionales deberían venir después de la prosperidad interna. La UE -que en verdad, con su configuración actual, deja a sus gobiernos miembro casi sin herramientas políticas para satisfacer las necesidades en evolución de sus ciudadanos- es un blanco fácil.
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Pero sin estos acuerdos institucionales, existe la sensación de que promover los mercados y vínculos internacionales puede obstaculizar la capacidad de un país de potenciar sus propios intereses. La victoria de Donald Trump en la elección presidencial de Estados Unidos dejó esto muy en claro.