La capital de Armenia nació en el siglo VIII aC con la construcción de la fortaleza Erepuní sobre una colina rodeada de montañas. Las ruinas de esa base defensiva y un museo temático se pueden visitar muy cerca del centro de la ciudad.

Una tarde entera, desde que las calles retumbaron con las melodías de los instrumentos de viento -sostenidas por la percusión de los dhol- hasta que empezaba a asomar una noche estrellada, la silueta blanca del Ararat pareció teñirse de tonalidades rojas, azules y anaranjadas.

De la Plaza de la República, el corazón de Ereván -también conocida como Yereván o Iereván-, salieron disparados hacia el cielo despejado los vuelos de miles de cintas, guardas y guirnaldas con los colores de la bandera de Armenia.

Apuntaban como un gigantesco ovillo desatado hacia el horizonte copado por la figura del monte bíblico, el emblema de toda una Nación. En medio de las montañas del Cáucaso, la celebración por los 2.800 años de la fundación de la ciudad ya había pasado de la sobriedad del concierto de gala a la irrefrenable euforia popular, que estalló con el primer fogonazo del espectáculo de fuegos artificiales.

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El pueblo armenio eligió recordar con alegría esa epopeya atribuida al rey Arguishtí I, quien en 782 antes de Cristo tuvo la audacia de construir en bloques de piedra y ladrillos de adobe la fortaleza de Erepuní, en lo alto de una colina erigida a 1.017 metros sobre el nivel del mar.

Desde esa privilegiada posición con vista al valle del río Arax, el monarca de la dinastía Urartú alcanzaba a controlar el avance de algunos mercaderes y numerosas tropas hostiles, que procuraban invadir sus dominios desde el flanco norte y someter a los descendientes de Haig.

En poco tiempo, las funciones estratégicas y defensivas de la nueva ciudad fortificada dieron paso a un poderoso bastión político, religioso, económico y cultural, que asomaba en una región codiciada por tribus de mongoles, persas, asirios y turcos.

Recién 29 años después de la creación de Erepuní -rebautizada Ereván después de la dominación persa-, en 753 aC., los gemelos Rómulo y Remo sentarían las bases de Roma sobre el monte Palatino. Y aún faltaban casi dos siglos para que se empezara a escribir la historia de Atenas.


En 1918, cuando soplaron los primeros vientos independentistas y Ereván fue declarada “Capital de la República de Armenia”, el suelo pedregoso recubría un puñado de sólidos cimientos. Eran las marcas ocultas de aquel asentamiento, que había sido concebido como bastión militar y mutó en una ciudad que creció hasta afirmarse en un punto estratégico de la ruta de Occidente a Oriente, acosada por vecinos que lo espiaban con recelo y la siempre latente amenaza de los terremotos.

Sin embargo, recién en la década del 50, con el descubrimiento de inscripciones en escritura cuneiforme talladas sobre rocas de basalto, salieron a la luz las piezas sueltas del antecedente más remoto de Ereván. El encargado de desenterrar ese patrimonio milenario fue el arqueólogo Konstantin Hovhannisyan, motivado por la firme sospecha de que algo valioso se extendía en el subsuelo de la ciudad moderna, trazada en 1924 por Alexander Tamanyan, considerado “El padre de la arquitectura armenia”.

El fruto de ocho años de excavaciones arqueológicas en la colina Arín Berd se exhibe en el Museo Erepúní. La colección, accesible al público, incluye recipientes de plata, vasijas de cerámica con marcas indelebles de vino, aceite y cerveza de cebada, armaduras, losas de barro, pulseras de bronce, perlas, vestigios de cascos, arcos, flechas y monedas de plata y murales ilustrados con escenas religiosas, de caza, agricultura y ganadería.